Son muy pocos los que en Navidad no se saltan su dieta habitual. Por regla general, durante estas festividades la comida en la mesa suele ser abundante y de gran variedad. Los mariscos, las sopas, y los postres suelen numerosos. Pero… ¿por qué comemos lo que comemos en Navidad? ¿Y por qué en esas cantidades?

Un poco de historia

No hay que decir que en Navidad se celebra el nacimiento de Jesús. Fiesta que se unió a la romana del Sol Invicto. La importancia litúrgica del 25 de diciembre se subrayó con el periodo de Adviento. La Navidad se proclamó como fiesta de solemnidad con vigilia de ayuno y abstinencia, por lo que el día 24 había que hacer penitencia haciendo solo una comida al día, sin carne.

Después de la Misa del Gallo comenzaba la fiesta y se podía comer a gusto del consumidor. De este modo, la ley religiosa influyó en la gastronomía navideña de manera parecida a la de Cuaresma. De ahí viene la costumbre de comer pescado, marisco y platos vegetales en Navidad.

Para que os hagáis una idea, en Madrid, en el año 1903 entre el 23 y 25 de diciembre se vendieron 40.000 besugos. El marisco fue prohibitivo hasta los años 60, momento en el que la mejora económica española y la llegada de los congelados hicieron posible llenar la mesa de crustáceos.

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Aunque parezca mentira, la obligación de ayuno y abstinencia en Nochebuena perduró hasta 1966, aunque previamente se había relajado bastante y aquellos que obtenían la Bula de Santa Cruzada podían pasar el cumplimiento de vigilia al sábado anterior.

Es por ello que hoy en día todavía se mantiene la tradición de comer cantidades ingentes de comida durante las Navidades y los platos típicos, como los langostinos y el marisco son productos que no pueden faltar en las mesas familiares.

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